La mañana del 24 de febrero de este año comenzó con la simulación de un atracø y terminó con la caída de una máscara. Bruno Allio Bonetto, un reconocido empresario ítalo-venezolano de 59 años de edad, abordó su Jeep Cherokee negra en el estacionamiento del edificio Murano, en la acomodada avenida 3C del sector Don Bosco. No alcanzó a cruzar el portón. Desde el asiento trasero, una voz con modismos del hampä lo encañonó con una Beretta. En un intento desesperado por salvarse, Allio aceleró y chocó contra la fachada vecina, pero dos detonacionës por la espalda sofocaron su huida. Su cuerpo quedó inerte sobre el asfalto.

Minutos después, la escena del crimën era un enjambre de patrullas, sabuesos de la División de Homicidios del CICPC y familiares consternados. Entre los gritos y el llanto desgarrador de la prometida de la víctimâ con quien el empresario planeaba casarse en pocas semanas destacaba la figura de Santiago, el hijo mayor de Allio, apodado «Brunito». Mantenía una frialdad imperturbable. No había lágrimas ni conmoción; en su lugar, el joven miraba fijamente hacia las paredes buscando lentes de cámaras de seguridad y fingía un desmayo tan ensayado que terminó de encender las alarmas de los detectives.

En menos de 12 horas, la actuación de «Brunito» se desmoronó por el peso de sus propios errores. Movidas por la ambición de cobrar una millonaria herencia antes de la boda de su padre, las pesquisas revelaron un complot plagado de torpezas:

El acceso libre: fue el propio «Brunito» quien escondió a los dos sicariøs dentro de la camioneta de su padre utilizando un control remoto de repuesto.

El arma del crimën: les entregó la pistolâ calibre 9 milímetros propiedad del empresario para que cometieran el asesinatø.

La huida ensayada: Tras los disparøs, el joven recogió a los ejecutores a solo tres cuadras del lugar a bordo de su camioneta Ford F-150 roja.

Acorralado por las evidencias, el hijo terminó confesando. Dos semanas atrás había pactado la muertë de su padre con dos adolescentes de 17 y 18 años de edad provenientes de las barriadas de Cerros de Marín. Para arrebatarle la vida a su progenitor y quedarse con su patrimonio, apenas desembolsó un millón de bolívares: unos 250 dólares al cambio paralelo de la época.

El parricidio de Bruno Allio no solo expuso la decadencia moral de un hijo impulsado por la avaricia, sino que pasó a engrosar las alarmantës estadísticas de una ciudad donde el crimën por encargo se convirtió en una sombra cotidiana. Santiago Allio cambió el imperio económico de su padre por una celda, dejando tras de sí el rastro de la ejecución más torpe y fríamente calculada del Zulia.

Foto cortesía Versión Final

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