Escrita hace un siglo, la frase conserva una vigencia inquietante porque, lejos de reducirse a un juicio moral, describe a un fenómeno cultural: la mentira como mecanismo de defensa de una sociedad que no ha terminado de asumirse a sí misma.

En este sentido, la inmadurez no es una cuestión biológica, sino histórica y psicológica. Mentir, y también exagerar, aparentar o simular, es una estrategia para ocultar inseguridades profundas. En lugar de enfrentar nuestras limitaciones, preferimos construir una imagen ficticia que nos haga sentir superiores o, al menos, aceptados.

La mentïra, entonces, no nace del engaño calculado, sino del miedo a reconocernos tal como somos. Un fenómeno que tiene su correlato en las redes sociales, donde casi todo el mundo parece perfecto. Pero también en la política la reflexión tiene validez. La manipulación informativa no solo engaña al ciudadano, sino que revela una relación casi infantil con el poder, basada en la evasión de responsabilidades.

Promesas imposibles, cifras maquilladas y relatos heroicos sustituyen al diálogo honesto y a la rendición de cuentas. Esto lleva a una inmadurez democrática y abre el camino a alternativas autoritarias. La frase, en definitiva, invita a una revisión colectiva, porque madurar implica asumir límites, aceptar errøres y renünciar a la máscara. Solo una sociedad capaz de mirarse con honestidad, mostrando madurez, puede aspirar a transformarse.

Con información de: Hola

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