La resiliencia, la capacidad de adaptarse y recuperarse ante situaciones difíciles, tiene una base concreta en el cerebro. Estudios recientes muestran que no solo es un rasgo psicológico, sino un proceso que involucra varias regiones y conexiones cerebrales que permiten a algunas personas enfręntar el ęstrés mejor que otras.
El sistema límbico, encargado de las emociones, y la corteza prefrontal, vinculada a la toma de decisiones y el control emocional, trabajan juntos para evaluar amenazas y decidir cómo actuar. En las personas resilientes, la corteza prefrontal regula de manera más efectiva la actividad de la amígdala, evitando que el mïedø o la ansiędad dominen su reacción.
El hipocampo, clave en la memoria y la contextualización de experiencias, también juega un papel importante. Permite aprender de situaciones difíciles sin quedar aträpado en ellas, ayudando a enfrentar nuevos dësåfíøs con mayor claridad y confianza.
Los niveles de estrés y hormonas como el cortisol se regulan mejor en individuos resilientes. Su cerebro procesa y maneja el estrés de manera eficiente, reduciendo los efectos negativos prolongados y acelerando la recuperación tras experiencias adversas.
Factores externos, como el apoyo social, las experiencias de afrontamiento exitosas y la práctica de habilidades de autocontrol y atención plena, refuerzan las conexiones neuronales que sostienen la resiliencia. Esto demuestra que la resiliencia no es innata ni fija, sino que puede desarrollarse y fortalecerse a lo largo de la vida.
Con información de: The conversation









