A casi todos nos pasa lo mismo: la infancia parece infinita y, de repente, los años adultos empiezan a volar. No es nostalgia ni exageración. Investigaciones recientes muestran que nuestra percepción del tiempo se transforma con la edad por razones muy concretas. La clave no está en los relojes ni en el calendario, sino en cómo el cerebro registra las experiencias, almacena recuerdos y procesa la rutina diaria. Entender ese mecanismo abre una puerta inesperada: la posibilidad de modificar cómo sentimos el paso del tiempo.
La disciplina que estudia cómo los seres humanos perciben y organizan el tiempo se explica que no vivimos el tiempo de forma objetiva. Existe un tiempo físico, medible, y otro subjetivo, ligado a la experiencia. Este último es el que parece acelerarse con los años. En la adultez, las semanas tienden a parecerse entre sí, los estímulos se repiten y las emociones pierden intensidad. El resultado es una percepción comprimida: los meses pasan sin dejar demasiadas huellas claras en la memoria.
No es que el tiempo vaya más rápido, sino que dejamos menos señales internas que nos permitan medirlo. Y ahí aparece el primer factor decisivo. Cuantas más experiencias distintas acumulamos, más largo se siente el período vivido. Cuando la rutina domina, los días se fusionan unos con otros y el calendario parece avanzar a toda velocidad.
La ciencia coincide en un punto clave: el tiempo no solo se mide en horas, sino en experiencias. No podemos frenar el paso de los años, pero sí influir en cómo los vivimos. Buscar lo nuevo, romper la rutina y estar más presentes no alarga la vida en el calendario, pero sí puede hacer que se sienta más larga, más rica y más plena.
Con información de: La Razón









