Muchas veces se menciona como comentario, incluso crítico, que los jóvenes dejan la adolescencia cada vez más tarde, de hecho en diversa encuestas en la franja etaria de 30/35 años se encuentra la percepción de recién empezar a ser adulto en esa época. Esto va en contra de parámetros clásicos en los cuales se es adulto a los 18 o 21 años y aún más si incluimos criterios relativos a la responsabilidad.

En el caso de la madurez aparece el mismo dilema. Es decir, también en la madurez hay dos medidores de tiempo: uno es biológico, la naturaleza, lo que traemos, y el otro sin duda es lo que adquirimos. Y es respecto a los aspectos biológicos de la maduración del sistema nervioso, que una investigación reciente ha llamado la atención a tal punto que fue citado en publicaciones en todo el mundo.

El estudio publicado en la prestigiosa revista Nature, mostró los resultados del análisis de la conectividad cerebral estructural realizado con neuroimágenes, la resonancia por difusión (diffusion MRI) en miles de personas a lo largo del ciclo vital desde el nacimiento hasta la vëjez (de 0 a 90 años), y encontró coincidencia en puntos de cambio en el desarrollo de la arquitectura de redes neuronales aproximadamente a los 9, 32, 66 y 83 años, con periodos intermedios de latencia.

La maduración neurobiológica no es un evento, sino un conjunto de procesos con cronologías diferentes según qué se mida, ya que hay estudios sobre los cambios en la sustancia gris cortical y otros sobre la sustancia blanca que evolucionaría de manera diferente. En un plano más coloquial más que si se madura más tarde o cambió la biología humana o el modo de medirla, es quizás más certero esto último, el cambio de técnica. Durante años se enseñó una narrativa simplificada (“cerebro maduro a los 18/21/25”) más basada en estudios exclusivamente ligados a lo social, o psicológico se usaban marcadores parciales y se confundía madurez legal con madurez neurobiológica.

Con información de: La Razón

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