Esa afirmación contradice la creencia generalizada de que un temperamento tranquilo y complaciente en la infancia predice una adultez tranquila y complaciente. El nïño tranquilo crece, encuentra una carrera estable, mantiene relaciones sencillas y nunca causa problemas a nadie. La sabiduría popular considera la «tranquilidad» como un rasgo de personalidad que simplemente… persiste. Pero si pasas tiempo con adultos que se identifican con esa etiqueta, surge un patrón diferente.

No se trata de personas con necesidades naturalmente bajas. Son personas que aprendieron, antes de tener palabras para expresarlo, que el camino más rápido hacia la seguridad era no exigir nada a nadie. La diferencia entre esas dos cosas explica décadas de sufrimïento silencioso que, desde fuera, parecen satisfacción. Cada familia se rige por una economía de atención. La atención es limitada y fluye hacia el nïño que la demânda con mayor insistencia.

Esta es una lógica básica de asignación. El nïño con problemas de comportamiento, de salud o con un temperamento volátil consume una parte desproporcionada del tiempo y la atención de los padres. Esto significa que el nïño que no genera conflïctos es recompensado por esa ausëncia. No de forma explícita, por lo general. Nadie sienta a un nïño de cinco años y le dice: «Tu valor en esta familia reside en que no causas problemas». Pero el mensaje llega de todos modos, transmitido a través de miles de microinteracciones: el tono de aprobación cuando juegan solos en silencio, el alivio visible en el rostro de los padres cuando no protestan, la brevedad y el tono siempre positivo de las conversaciones sobre ellos.

Lo que internalizan es una ecuación condicional: soy amado porque no necesito nada. En el momento en que necesito algo, me convierto en una carga. Así, las necesidades se convierten en algo que se debe reprimir, redirigir o extinguir por completo. El nïño no aprende a procesar sus necesidades con apoyo, sino que aprende a procesarlas solo o, directamente, no las procesa. Al llegar a los treinta, empiezan a aparecer pequeñas grietas. Notas que a veces sientes resentimiento, pero no logras identificar la causa. Te cuesta responder preguntas básicas sobre lo que quieres. Pasas por relaciones en las que la otra persona termina quejándose de que no logra conectar contigo.

Las familias no etiquetan a un nïño como «fácil» con mala intención. Lo hacen con alivio, con gratitud, a menudo con amor sincero. El problema es que la etiqueta se retroalimenta. El nïño recibe elogios por ser fácil, así que se vuelve más fácil. Cuanto más fácil se vuelve, más depende la familia de esa facilidad. Y cuanto más depende la familia de ella, menos espacio hay para que el nïño sea otra cosa.

Con información de: TN

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