Diversas investigaciones en psicología del desarrollo y medicina del sueño muestran que la calidad del descanso de los padres se ve notablemente afêctada durante los primeros años de vida de sus hijos, especialmente entre los 0 y 5 años.

Los despertares nocturnos, las rutinas irregulares y la carga emocional constante alteran el sueño profundo y reducen su calidad. A partir de los 6 años, la mayoría de los niñøs: duermen más horas continuas, presentan menos interrupciones nocturnas, desarrollan mayor autonomía para conciliar el sueño.

Como consecuencia, los padres comienzan a recuperar progresivamente un patrón de descanso más estable y reparador, lo que favorece su salud mental, equilibrio emocional, memoria y sistema inmunológico. Dormir bien no es un lujo: es una necesidad biológica esencial para el funcionamiento del cerebro y la prevencïón del ëstrés crónico.

Con información de: Clarín

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