​Ante la creciente escasez hídrica y siete años de sequía extrema, Marruecos ha implementado una estrategia de gran escala centrada en la desalinización del agua de mar para reducir su dependencia de las lluvias. El país aspira a que, para 2030, el 60% del agua potable proceda del océano, reservando los recursos de embalses para las zonas interiores y agrícolas.

​La piedra angular de esta iniciativa es una planta desalinizadora, actualmente en construcción cerca de Casablanca por Acciona, valorada en 650 millones de dólares y proyectada como la mayor de África. Impulsada por energía eólica, se espera que la planta inicie operaciones en 2027, abasteciendo a 7,5 millones de personas y permitiendo el riego de 20.000 acres de tierras agrícolas.

​Este megaproyecto se integra en un plan nacional de 14.000 millones de dólares que incluye nuevas presas, reutilización de aguas residuales y “autopistas del agua” para transportar recursos del norte al sur. Con 17 plantas ya operativas y 11 adicionales en construcción, el país ha multiplicado su capacidad de producción nueve veces desde 2021, alcanzando 108.000 millones de galones anuales.

​A pesar del progreso, Marruecos enfrenta desafíos ambientales y técnicos, principalmente por el alto consumo energético de la ósmosis inversa y la gestión de la salmuera. Expertos advierten que el residuo altamente salino requiere un tratamiento riguroso para prevenir daños gräves en los ecosistemas marinos y evitar la creación de zonas oceánicas con niveles crítïcos de oxígeno.

Con información de AS

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