Una fotografía y una canción. La primera entra por los ojos y la segunda, por los oídos. Ambas, al baúl de los recuerdos. No son los únicos sentidos que cuentan con esa llave, sin embargo. El olfato también sabe cómo burlar esa cerradura.
«La olfativa es un tipo de memoria que relaciona la percepción e interpretación del estímulo oloroso y el sistema límbico. Se trata de una parte del cerebro implicado tanto con la memoria, especialmente con la de trabajo, y con las emociones”, explica Javier Carmiña, vocal de la Sociedad Española de Neurología (SEN).
En definitiva, una cualidad cerebral más. “Le damos mucha más importancia a la información visual o sonora, cuando la olfativa tiene una conexión muy poderosa”. Carmiña resalta especialmente la función de la amígdala, que es la estructura encargada del procesamiento de emociones, y del hipocampo, relacionado con el aprendizaje asociativo.
Además, la memoria olfativa destaca también por su duración. Un ejemplo: el olor a bizcocho al llegar a la casa de los abuelos de un niño que, ya anciano, lo recuerda. “La información sensorial se graba y hay determinados olores muy vinculados a recuerdos a largo plazo”, afirma el neurólogo, quien entra más en detalle sobre la conexión memoria-emoción. Para entenderlo mejor, el cerebro hace pasar a un olor por dos filtros. El primero de ellos es el que lo clasifica en positivo o negativo (un olor desagradable puede infundir rechazo o miedo). Se trata de una reacción ‘‘más espontánea e inmediata’’.
Con información de: El Financiero









