Cada 24 de diciembre, antes de que el reloj marque la medianoche, millones de hogares en Venezuela se detienen para cumplir con uno de los rituales más puros de la temporada: la carta al Niño Jesús. Más que una lista de deseos, este pequeño trozo de papel se ha convertido en un testimonio de la fe, la inocencia y los anhelos de grandes y pequeños.

Tradicionalmente, la carta se coloca bajo el árbol de Navidad o en el pesebre, entre el musgo y las figuras de barro, esperando que el «Niño Dios» la recoja en su paso silencioso por el mundo. Aunque el tiempo avanza y la tecnología domina el día a día, el acto de escribir a mano —con tachaduras, dibujos y colores— sobrevive como un refugio de la infancia.

De lo material a lo espiritual Si bien los juguetes y la tecnología suelen encabezar las listas de los más jóvenes, en los últimos años la carta al Niño Jesús ha reflejado un sentir más profundo. Peticiones de salud para los abuelos, el regreso de familiares que están lejos o simplemente la paz para el hogar, demuestran que la tradición ha evolucionado hacia un mensaje de unión familiar.

Para los padres, este manuscrito es también una ventana al mundo interior de sus hijos, permitiéndoles conectar con sus ilusiones y mantener viva una chispa de magia en tiempos de desafíos.

Esta noche, al dejar el sobre cerca del pesebre, no solo se entrega un pedido; se entrega la esperanza de que, al despertar el 25 de diciembre, el mundo sea un lugar un poco más amable y lleno de sorpresas.

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