Durante décadas, el trabajo en las oficinas se ha definido por horarios fijos, largas jornadas y una presencialidad rígida y constante. La realidad, sin embargo, es que esta filosofía y dinámicas laborales son cada vez más cuestionadas por los que toman el relevo generacional. La diferencia en ellos es que el dilema no gira en torno a “ir o no ir a la oficina”, sino a “¿para qué ir a la oficina?”.
«Existe un cambio generacional muy presente hoy en día: el trabajo ya no es lo primero ni nos define, o al menos estamos empezando a ser conscientes de ello”, expresa Fernando, estudiante de grado superior de paisajismo que decidió dar un giro a su carrera tras una década en el audiovisual. Él, que se sitúa entre los millennials (nacidos entre 1981 y 1995) y la generación Z (nacidos entre 1995 y 2009), percibe que esta última generación, a diferencia de su predecesora, “parece más decidida a separar su vida personal de la profesional y a tomar decisiones claras sobre su futuro laboral”.
Beatriz Padura, directora general de Fundación Fad Juventud, señala que gran parte del rechazo a los ambientes de trabajo más “tradicionales” se debe a “un modelo que promete poco y exige mucho”. Según ella, esto no refleja una aversión a la colaboración, sino una adaptación a nuevas formas de trabajar: “La pandemia mostró que se puede rendir igual o mejor sin estar físicamente en la oficina. Para esta generación, lo importante son los resultados, no el control. Han crecido con acceso inmediato a información, herramientas digitales y aprendizaje autónomo”.
La clave, afirma por su parte de las Heras, está en comprender que “la generación Z no rechâza la oficina; lo que rechâza es perder el tiempo, porque lo valoran, y mucho”. Es por esto que concuerda con que se debería diseñar el trabajo presencial como un producto con una propuesta de valor clara, probada y mejorada mediante el feedback, y dejar el trabajo en remoto para tareas que requieran más foco y facilitar la conciliación.
Con información de: La Razón









