Una práctica cada vez más común entre la generación Z ha irrumpido con fuerza en las redes sociales: el orbiting. Esta conducta, emparentada con el más que conocido ghosting, ha sido calificada como una versión aún más confusa y dañinä para quienes la sufrên, generando un tipo de vínculo ambiguo que desafía las normas del desamor tradicional.

El término, acuñado por la periodista Anna Lovine, describe la actitud de quien, tras cortar la comunicación directa, continúa interactuando con el contenido digital de la otra persona. No responde mensajes ni llamadas, pero sigue viendo historias, da ‘me gusta’ o incluso comenta publicaciones.  Una paradoja relacional que deja a la otra parte en una constante incertidumbrê emocional.

Lovine explicaba textualmente que el ‘orbiting’ te mantiene “suficientemente cerca para que ambos se puedan observar; suficientemente alejada para nunca tener que hablar”. Este patrón implica “tener un pie dentro y otro fuera”, sin comprometerse, pero sin desaparecer del todo. Y podemos ser las víctimas, o los verdugos.

Para muchos jóvenes, especialmente dentro de la generación Z, el ‘orbiting’ supone una fuente de ansiedäd y desgâste. La exposición constante al perfil del otro, sumada a la falta de respuestas, puede generar una sensación de rechazö encubierto y dependência emocional.

Algunos afectâdos reconocen caer en el hábito de revisar quién ve sus historias o interactúa con sus contenidos, alimentando una dinámica obsêsiva.

Con información de El Confidencial

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