Cada domingo, en La Paloma (sala de baile mítica de Barcelona, la más antigua de Europa, reabierta en 2024), una figura menuda y elegante se levanta de su palco y conquista la pista con un bolero o un vals. Es Pepita Bernat, de 106 años, que desafía al tiempo con la misma determinación con la que un día montó un chiringuito en Cubelles, abrió peluquerías en la capital catalana o se fugó a Suiza estando casada.
Nacida en Barbens (Lleida) en 1919 y criada en la Rambla de Barcelona, Pepita se define como “rebelde y libre”. Nunca ha pedido permiso, ni para pintarse cuando estaba prohibido, ni para emprender cuando las mujeres no tenían derecho, ni para ser dueñas de un negocio, ni para enamorarse a los 73 de un poeta quince años más joven. Su vida es una lección de rebeldía refinada, de libertad construida con determinación y de verdades absolutas: el rëncor mâta, la alegría alarga la vida y bailar cura lo que ninguna pastilla puede.
Si sonríes al empezar el día, ya tienes mucho ganado. «Cada día para mí es una sorpresa, aunque sea pequeña. A veces es una llamada, a veces una visita, o simplemente que el sol entra por la ventana de otra manera. No necesito grandes emociones para sentirme viva», dice la centenaria. A los 73 años se volvió a enamorar. Conocí a Carlos, un rapsoda quince años más joven que yo. Me enseñó poesía y amor verdadero. Con él descubrí la intimidad que no conocía, el cariño profundo, la complicidad de verdad. Fueron nueve años preciosos, los mejores de mi vida. Fue el gran amor de mi vida.
Para llegar a los 106 años, no hay secreto. «Nunca he fumado ni bebido, salvo una copita en alguna boda. He comido lo que me apetecía, y lo hago cuatro veces al día, sin obsesiones. Siempre he sido activa: hago la comida, friego los platos, hago la cama. El día que paras, envejeces. Y la siesta: media hora después de fregar y me levanto nueva. Eso es salud. ¡Ah! Y bailar, bailar mucho» concluye Bernat.
Con información de: La Vanguardia









