Cuando ya estamos estresados las neuronas en la amígdala tienen mucha actividad y reaccionamos más rápido ante cualquier estímulo. En la primera «llega fulanito y me dice algo desagradable. Y entonces el hipocampo y la corteza frontal, entre ambos, moderan a la amígdala. En el segundo escenario alguien nos dice algo y nos enfadamos. «La amígdala aumenta su actividad. Y empiezo a respirar de una forma más rápida, la tensión aumenta, mi corazón late más rápido y mi musculatura lo evidencia.
En el tercer escenario ya estamos muy estresados o muy enfâdados con fulanito. «Y llega y me dice algo negativo. Mi amígdala ya está pa, pa, pa, y le envía la información a la corteza frontal, pero sesgada. Se convierte todo en amígdala». La reacción, en este caso, es exagerada. «Entonces ahí puedo decir cosas de las que me arrepiento, hay gente a la que le puede dar un infârto. Es el circuito amígdala, hipocampo, corteza frontal.
Normalmente después de la exhalación hacemos una pequeña apnea, son tiempitos sin respirar. Inhalo, exhalo, una pequeñita parada y vuelvo a inspirar. Otro ejercicio es repetir durante un tiempo una palabra. Pero tiene que ser una palabra que no tenga ninguna connotación espiritual, ni religiosa, ni emocional, ni Jesucristo, ni Buda, ni amor, nada. Una palabra neutra, mesa, vaso. A nadie le emociona un vaso. La idea es entonces repetir esa palabra, vaso, vaso, pero en silencio. Los investigadores observaron que repetir ese mantra bajaba la actividad de la amígdala.
El niño que se salte las rabietas es el que preocupa. «La rabieta cumple una función en el cerebro de un nïño que está creciendo. Es un mecanismo por el cual el cerebro genera esas conexiones que van de la amígdala a las partes frontales. Son como pruebas de sonido. Hay que darles espacio para que se enojen y expresen su enojo, hay que ayudarlos a analizar la situación que les provocó el enojo, la reacción que ellos tuvieron, las consecuencias de esta reacción y si ellos creen que hubo un buen manejo de la situación.
Una estrategia consiste en enseñar a no expresar la ira impulsivamente, pensar en la situación y entonces responder. Otra es preguntarse ¿qué es lo que quiero? Y ¿cómo lo puedo lograr?, enseñarles que se logra más intentando soluciones pacíficas que impulsivas y agresivas. Gestionar la ira, pero no reprimirla.
Con información de: La Nación









