En el vasto universo de la gastronomía venezolana, donde la diversidad de sabores y texturas nos tienta en cada esquina, existe un grupo de personas que, sin importar las opciones disponibles, invariablemente elige la empanada de queso. Esta elección, lejos de ser un simple capricho, nos invita a reflexionar sobre la naturaleza humana: ¿es una manifestación de lealtad a la tradición o un síntoma de una zona de confort de la que nos cuesta salir?

Podríamos argumentar que la empanada de queso es un refugio de sabor, un clásico infalible. Su simplicidad es su mayor virtud. El crujiente del maíz frito, el queso derretido y la ausencia de cualquier ingrediente adicional la convierten en una apuesta segura. Es un sabor que nos evoca recuerdos de infancia, mañanas de domingo y desayunos familiares. Es la empanada que siempre está allí, sin sorpresas, sin decepciones. Para muchos, es la base de todo, el punto de partida que nunca traiciona.

Sin embargo, para los paladares más aventureros, esta elección puede parecer una oportunidad perdida. ¿Por qué conformarse con el queso cuando tienes opciones como carne mechada, cazón, pollo, caraotas con queso e incluso combinaciones más osadas como la de jamón y queso o la de reina pepiada? Es como ir a una biblioteca con miles de libros y solo leer siempre el mismo.

La empanada de queso es la «zona de confort» culinaria por excelencia. Es un recordatorio de que, incluso en un mundo lleno de diversidad y nuevas experiencias, muchos de nosotros preferimos quedarnos en lo familiar. No es una crítica, sino una observación de un fenómeno fascinante. Quizás, en un mundo tan lleno de incertidumbre, encontrar consuelo en una empanada de queso sea una de las pequeñas seguridades que aún nos quedan. O tal vez, solo tal vez, es hora de dar el salto y probar algo nuevo la próxima vez.

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