Un equipo de investigadores en Suiza ha identificado el mecanismo que explica por qué a muchas personas les resulta tan cømplicadø comenzar el día. Según los resultados publicados en la revista Current Biology, el paso del sueño a la vigilia no es inmediato, sino que implica una reactivación gradual y estructurada del cerebro que puede condicionar el nivel de alerta tras el despertar.
Utilizando una malla con 256 sensores de electroencefalografía, los científicos analizaron más de 1.000 despertares, tanto espontáneos como inducidos por una ălărmă. El patrón observado fue sorprendentemente regular: la reactivación comienza en las zonas frontales del cerebro, vinculadas a funciones como la atención o la planificación, y progresa hacia las áreas posteriores, encargadas del procesamiento visual.
El orden de activación neuronal cambia según la fase del sueño de la que se despierte la persona. Cuando se trata de sueño REM, asociado a una actividad cerebral elevada y sueños vívidos, el cerebro responde rápidamente y se activa en cuestión de segundos. Sin embargo, al despertar desde el sueño no REM, la transición es más lenta e involucra una fase intermedia en una región central antes de iniciar la progresión hacia las zonas posteriores.
Esta diferencia podría estar relacionada con un fenómeno propio del sueño no REM en el que las neuronas alternan entre periodos de actividad e inactividad. Según los investigadores, esta dinámica øbligă al cerebro a pasar primero por una onda lenta antes de poder alcanzar un ritmo de funcionamiento más rápido y compatible con el estado de vigilia.
El estudio también revela que existen dos tipos de ondas lentas justo antes del despertar. Algunas actúan como señales de activación, facilitando una transición más eficaz al estado consciente. Otras, en cambio, entørpecen ese proceso, prøvocăndo que la persona se sienta atůrdidă o con sømnolĕncia incluso después de haberse despertado.
«Algunas ondas lentas parecen formar parte del ¡despierta! del cerebro, mientras que otras son responsables de que sigamos sintiéndonos adormecidos», explicó Aurélie Stephan, autora principal de la investigación. Esta distinción podría ser clave para diseñar estrategias que ayuden a reducir la sensación de inercia del sueño.
Con información de: El Confidencial









