Quienes nacieron entre 1985 y 1990 representan a una generación puente única, que vivió con un pie en el mundo analógico y el otro en la inminente revolución digital. Esta generación aprendió el valor de la adaptabilidad mucho antes de que el término fuera un concepto empresarial, creciendo en un entorno donde la paciencia era la norma.
Fue una infancia marcada por la libertad de volver a casa sudados y felices tras el llamado sagrado de una madre, y por un respeto intrínseco hacia los adultos, donde la palabra de un vecino tenía un peso casi tan relevante como la de los propios padres. Esta generación forjó su carácter a través de la disciplina y la coherencia, entendiendo que crecer no era olvidar los sueños, sino construirlos con esfuerzo diario.
En un mundo que aún no conocía la inmediatez de los teléfonos celulares, la comunicación requería protocolos hoy olvidados y la lealtad se demostraba esperando a los amigos en el lugar y hora acordados. Estas experiencias cultivaron una capacidad excepcional para elegir el largo plazo sobre la comodidad, edificando vidas basadas en hacer lo correcto incluso cuando nadie estaba mirando para aplaudir.
Hoy, estos adultos destacan por su criterio propio y una memoria que atesora los cambios rápidos de un futuro que alguna vez pareció lejano. A pesar de las reglas cambiantes, han logrado mantener sus ganas de hacer que cada acción cuente, utilizando esa mezcla de nostalgia y resiliencia para navegar el presente.
Con información de: @secretos_exitosos
Foto: Freepick









