Diciembre es el mes de las casas abiertas. Pasamos de una comida familiar donde todo se perdona (y donde incluso el caos tiene un punto entrañable) a una cena de amigos con gente nueva, o a la típica cena de empresa con ambiente festivo, sí, pero con esa capa de «contexto profesional» que, aunque nadie la nombre, está ahí. Y cuando nos reunimos con muchas personas especialmente en espacios ajenos, el protocolo deja de ser algo rígido para convertirse en una herramienta sencilla: ayuda a que todo fluya sin fricciones.

Antes de cruzar, mira al anfitrión. Saluda. No entres hablando hacia dentro como si el espacio te absorbiera. La elegancia empieza por reconocer a quien te recibe. Dos pasos bastan para liberar la entrada sin colonizar el recibidor. No hace falta acelerar ni frenar en exceso: se trata de entrar con naturalidad. Discreción con el móvil desde el umbral. No entres con la pantalla en la mano. Guárdalo al llegar y presta atención a los demás. La entrada es el termómetro de tu energía. Un saludo demasiado expansivo puede resultar invasïvo; uno demasiado frío, distante. Busca un punto medio e intenta ser lo más natural posible.

Si tú eres quien invita, el recibidor es tu primera frase. No necesita metros; necesita intención. Su función no es “estar bonito”, sino recibir, ordenar y calmar a los invitados. Vienes de la calle, del frío, del ruido. Una luz cálida y lateral hace magia. Mejor una lámpara de sobremesa, un aplique suave o un punto indirecto que invite a bajar revoluciones. La luz dura desde el techo convierte la entrada en una escena apresurada. Un banco estrecho, un puf o una silla bonita no son un lujo, sino hospitalidad. Dan soporte a quien necesita ajustar un zapato, recolocar una bolsa o simplemente aterrizar un segundo.

Incluye un espejo, el espejo refleja luz, agranda, aporta calma visual. Y permite ese microgesto humano de recolocarse sin sentirse observado. Si no lo tienes, siempre es un buen momento para añadirlo en el recibidor. En clave navideña, intenta decorar el recibidor sin que interrumpa el espacio. Una alfombra resistente (ideal si es lavable), un pequeño detalle textil. También puedes añadir velas. Si usas velas, que sea siempre con una fragancia navideña, y siempre con portavelas estables, lejos de mangas, bufandas o ramas secas.

Con información de: La Nación

¿Qué opinas de esto?