La necesidad de sentirse querido atraviesa culturas y épocas, y es capaz de dictar muchas de nuestras decisiones cotidianas, desde la forma en que nos miramos al espejo hasta la manera en que interpretamos una sonrisa o un silencio. Para la mayoría, esa búsqueda es un motor vital; para otros, puede convertirse en una certeza absoluta, que se impone a la realidad y la transforma por completo.
En esas vidas el deseo de ser amado deja de ser una esperanza o una pregunta y se convierte en un hecho irrefutable. La convicción inquebrantable de que alguien a veces un desconocido, otras veces una figura admirada está secretamente enamorado de uno, transforma la realidad en una trama de señales, gestos y significados que solo el propio afectado logra descifrar. Así es la experiencia invisible y muchas veces solitaria de la erotomanía.
En la experiencia cotidiana, la erotomanía se manifiesta como una certeza interna: la seguridad absoluta de ser amado por una persona específica, aunque no exista vínculo previo o, incluso, ningún contacto personal. Se trata de una enfermedad de causa psicógena, no orgánica, incluida en las formas clásicas de la paranoia. El paciente interpreta gestos, palabras y hasta silencios como pruebas de un amor oculto.
“La falta de reciprocidad, la indiferencia o incluso el rechâzo son interpretados por el erotómano como pruebas de que el amor es secreto o complejo, lo que refuerza el delirio”, ejemplificó Killner. El aislamiento y la distancia con el entorno se profundizan, mientras el mundo real pierde relevancia frente a la certeza interna de estar siendo amado.
En la base, la erotomanía revela la fragilidad del deseo de ser amado. La línea entre el anhelo y la certeza delirante es fina: todos alguna vez sintieron el nudo en el pecho esperando una señal, una palabra, una mirada que confirme que importan. La diferencia está en no poder soltar esa idea y dejar que ocupe todo el espacio interior, hasta perder de vista el mundo real.
Con información de: El Analista









