La historia comenzó frente a la península de Guanahacabibes, en el extremo occidental de Cuba. La ingeniera marina Paulina Zelitsky y su esposo, Paul Weinzweig, propietarios de la empresa canadiense Advanced Digital Communications (ADC), realizaban un barrido del fondo marino con un sónar de barrido lateral. Su misión era buscar tesoros de barcos españoles hundidos. Pero lo que su equipo registró en las pantallas a casi 700 metros de profundidad no eran galeones, sino algo mucho más desconcertante.

Lo sorprendente no fueron los restos de barcos hundidos, sino las formas geométricas y alineaciones precisas que aparecían en el fondo marino, similares a calles y estructuras urbanas. Este hallazgo plantea interrogantes sobre la existencia de civilizaciones avanzadas desconocidas, y desde entonces ha alimentado debates sobre historia, arqueología y los límites de lo que creemos saber sobre nuestro pasado.

Las imágenes del sónar revelaron patrones que desafiaban cualquier explicación geológica simple. Lo que vieron parecía ser una ciudad congelada en el tiempo, con características asombrosamente simétricas: Varias de las formaciones presentaban formas piramidales de gran tamaño. El sónar dibujó líneas rectas, ángulos de 90 grados y patrones circulares, sugiriendo un diseño inteligente y planificado. Las configuraciones se asemejaban a un complejo urbano, con lo que parecían ser carreteras, edificios e incluso posibles plazas.

Según su interpretación, parecían pirámides, calles y edificios que yacían a más de 600 metros bajo la superficie del mar. La hipótesis inicial sugería que estos restos podían pertenecer a una civilización con al menos 6.000 años de antigüedad, anterior incluso a las pirámides de Egipto. La noticia circuló con fuerza en medios internacionales y despertó gran interés en la comunidad científica.

Con información de: La Nación

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