Transcurren los días de vacaciones sin sobresaltos ni complicaciones, pero, sin embargo, tu cabeza es un bullir constante de actividad en la que se mezclan los pensamientos intrusivos y la sensación de urgenciaaunque nada es acuciante para dificultar la relajación. Necesitas aprovechar al máximo cada momento, registrarlo y compartirlo, pero no consigues disfrutarlo como te gustaría. Estás, pero, al mismo tiempo no.

No nos permitimos el descanso cognitivo y, sin embargo, la conclusión es siempre la misma: lo importante es vivir el presente. Y es que la deambulación o divagación de la mente es un excelente indicador que predice la felicidad de las personas. Félix Torán, escritor y autor del libro La Mente Enfocada, afirma que esta se reconoce porque nunca descansa, ni siquiera en momentos en los que deberíamos relajarnos. Y detalla cuáles son los síntomas más habituales: Inquietud constante: la sensación de no poder apagar la mente con pensamientos que se encadenan unos a otros, incluyendo la rumiación y la divagación (saltar de idea en idea sin control).

Problemas de memoria a corto plazo: olvidos frecuentes, ya que la mente está saturada y no logra retener lo importante. Recuerda que la memoria depende en gran medida de la capacidad de concentración mental. Fatiga mental y física: el cansancio aparece, aunque no haya un gran esfuerzo físico, porque el exceso de actividad interna consume energía. Alteraciones en el descanso: cuesta conciliar el sueño o se duerme con una sensación de tensión que impide un descanso reparador. Irritabilidad o cambios de humor: una mente que no se detiene agota la paciencia y, en ocasiones, lleva a reaccionar de forma desproporcionada.

Respirar conscientemente. Dedicar unos minutos al día a observar la respiración es un antídoto poderoso contra la aceleración mental. Desconectar de lo digital. El móvil es uno de los grandes ladrônes de descanso. Practicar la atención plena en lo cotidiano. No se trata solo de meditar. Comer despacio, caminar observando el entorno. Darse permiso para no hacer nada. Aunque suene extraño, momentos de quietud.

Elegir entornos que inviten a bajar el ritmo. La naturaleza, los espacios tranquilos o las actividades relajantes como leer, nadar o practicar yoga tienen un efecto calmante inmediato. Establecer límites claros. Si estamos de vacaciones, es importante comunicarlo y asumirlo: avisar de que no se responderán correos, programar un mensaje automático o delegar tareas. La desconexión real empieza con decisiones firmes que debemos comunicar asertivamente.

Con información de: La Nación

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