El Gobierno local de Yantai, donde viven más de tres millones de personas, eliminó el año pasado las restricciones sobre las dos únicas viviendas que puede registrar una familia bajo su nombre. Ahora pueden ser hasta tres. Pero el primer muro que ha encontrado Li, dueño de una academia, está en el banco. «Si es un crédito para una tercera propiedad, me exigen un pago inicial por encima del 75% del valor total», cuenta. Además, el tipo de interés hipotecario ya no es el preferente que obtuvo en sus dos primeras compras.

Si un extranjero quisiera comprar esa vivienda, también encontraría restricciones. Normalmente solo podría adquirir una casa en China, y debe ser para uso propio y residencial, nunca para alquiler o inversión. Antes de efectuar la compra, debe además demostrar que ha trabajado o estudiado en el país asiático durante al menos un año con permiso de residencia.

En Pekín hay una frase que los funcionarios repiten en discursos oficiales: «Las viviendas son para vivir, no para especular». No es un simple eslogan. Es la síntesis de un modelo que durante dos décadas convirtió la propiedad inmobiliaria en la piedra angular de la prosperidad familiar china y, al mismo tiempo, en una herramienta de control económico y social del régimen.

Pero China presume de que la mayoría de encuestas urbanas coinciden en que más del 70% de los menores de 35 años es propietario de una vivienda. En algunos sondeos la proporción supera incluso el 80% si se contabilizan viviendas registradas a nombre de los padres, pero destinadas al hijo. Es un contraste radical con el caso de España, donde la tasa de propiedad entre jóvenes se ha desplomado desde la crisis financiera de 2008 y hoy se sitúa en niveles históricamente bajos.

Con información de: Loquesomos

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