Es quizás una de las obras más conocidas de la música clásica. Su energía e influencia se han extendido a diversos ámbitos de las artes y de la vida pública. Es frecuentemente evocada en el cine y la literatura. Ha sido interpretada en la inauguración de varias ediciones de los Juegos Olímpicos y en ceremonias de entrega del Premio Nobel de la Paz. Pintores como Gustav Klimt y Mark Rothko le dieron colores.
Cuando Ludwig van Beethoven comenzó a componer la Sinfonía N.° 9 en re menor, op. 125 en 1822, ya estaba completamente sordo.
Si nos aventuramos en el terreno de la especulación, podríamos decir que el compositor alemán quizás no se hubiera imaginado que algunos de los momentos más grandes de la historia contemporánea habrían sido musicalizados con su obra, como cuando Leonard Bernstein reunió una orquesta con músicos de las dos Alemanias para interpretarla en Berlín en la Navidad de 1989, semanas después de la caída del muro.
Dos siglos después de su estreno en el Kärntnertortheater de Viena, Austria, la Novena Sinfonía sigue cautivando a la audiencia con su belleza. Fue nombrada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco en 2002. La grandiosidad de su escala, la emotividad de su melodía y la fuerza de su mensaje universal la convierten en una representación icónica del espíritu romántico.
Es una obra maravillosa, dice el maestro Andrés David Ascanio, director Académico Musical de El Sistema. Se considera un puente entre el período clásico y el romántico, como señala: “Es una especie de bisagra, un antes y un después. Abre las puertas hacia el romanticismo. Rompió esquemas en su momento y todavía hoy en día sigue siendo un referente en lo musical por su estructura, por cómo Beethoven desarrolla al máximo las innovaciones armónicas, de fraseo, de estructuras, que había venido trabajando en sus anteriores sinfonías”.
Para el cuarto movimiento, Beethoven musicalizó el poema Oda a la alegría, del poeta alemán Friedrich Schiller. El compositor agregó texto propio, así expandió el mensaje de la obra y le dio un carácter más universal, asegura la maestra Lourdes Sánchez, directora de la Coral Nacional Simón Bolívar.
«El texto tiene un gran poder simbólico que ha perdurado a lo largo de la historia. Representa la fraternidad, la unidad, la libertad y, sobre todo, la hermandad. Posee un profundo sentido de espiritualidad, a la vez que es jubiloso. Muestra toda la gama de emociones que el ser humano puede experimentar, especialmente en ese sentimiento de fraternidad y amistad. Beethoven no estaba desligado del contenido poético del texto, sino que creía profundamente en su mensaje, quizás por eso lo escogió. La Novena Sinfonía se convirtió en un reflejo de este espíritu”, explica.
Con información de: El sistema.
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