Puede que más de una vez te hayas sorprendido diciéndole a tu perro “mi bebé” o “mi niño hermoso” sin pensarlo demasiado. Y aunque muchos lo ven como exageración o simple ternura, la ciencia tiene una explicación mucho más profunda y reveladora: después de convivir por más de 40.000 años, los humanos hemos desarrollado un lazo emocional con los perros que se parece muchísimo biológicamente al que se tiene con un hijo.
Según estudios recientes, cuando miramos a nuestros perros con cariño o les hablamos con ese tono empalagoso que reservamos para los bebés, nuestro cerebro reacciona activando las mismas zonas relacionadas con el apego, la empatía y la protección. Es decir, literalmente sentimos por ellos algo similar al vínculo madre-hijo. Y no solo eso: cuando nuestros perros nos devuelven la mirada, también ellos liberan oxitocina, la hormona del amor. El vínculo es real, recíproco y profundo.
Este fenómeno tiene raíces evolutivas. Hace miles de años, los lobos que se acercaban a los campamentos humanos en busca de comida fueron poco a poco domesticándose. En ese proceso, los humanos empezaron a cuidarlos, a protegerlos… y a encariñarse con ellos. A cambio, estos animales ofrecían compañía, calor y seguridad. Así se fue tejiendo una relación emocional que, generación tras generación, moldeó nuestro cerebro y nuestros afectos.
En la actualidad, este lazo se ha intensificado. En una sociedad con familias más pequeñas, menos hijos y mucho ëstrés, los perros han pasado a ocupar un lugar central: el de compañía incondicional.
Con información de: Meteored









