El fundamento biológico de la “siesta con café” reside en la interacción entre la cafeína y la adenosina, una molécula que regula el sueño. Scott Rivkees, endocrinólogo pediátrico y profesor en la Escuela de Salud Pública de Brown, explicó a National Geographic que la adenosina se acumula en el cerebro a lo largo del día, uniéndose a los receptores (A1, A2A, A2B y A3) y provocando somnolencia. Dormir permite al organismo descomponer la adenosina, favoreciendo la recuperación del funcionamiento cerebral.
La cafeína, actuando como antagonista de la adenosina, bloquea sus receptores e impide que genere sueño. Según Rivkees: “La cafeína es un potente antagonista de la adenosina que bloquea sus efectos en los diferentes subtipos de receptores”. Así, las neuronas mantienen su actividad y la persona permanece despierta. Con el consumo continuado, el cuerpo puede generar más receptores, lo que incrementa la tolerancia.
Dormir más de treinta minutos puede inducir un sueño profundo y provocar la llamada inercia del sueño, pero esta combinación ayuda a reducir esa sensación y a mejorar el rendimiento posterior, según Siobhan Banks, directora del Behaviour-Brain-Body Research Centre en la Universidad de Australia del Sur.
Especialistas enfatizan que, aunque la cafeína aumenta la atención y el estado de alerta, la “siesta con café” no reemplaza el descanso nocturno ni constituye una solución definitiva a la fatiga. Banks aconseja experimentar con dosïs bajas de cafeína y adaptar la práctica según la tolerancia propia.
Con información de: Clarín









