Cuando alguien dice no recordar la última vez que se sintió verdaderamente feliz, el instinto nos lleva a buscar una causa: una pérdida, un diagnóstico, una circunstancia que lo explique. A veces, la causa está ahí. Pero otras veces, lo que la psicología descubre es algo más gradual e invisible: una persona que ha estado fingiendo satisfacción durante tanto tiempo, de forma tan constante y en tantos contextos diferentes, que esa actuación ha reemplazado aquello que imitaba. No es una crisis. Es una erosión.
Este es un tipo de problema emocional distinto a los que se manifiestan claramente. No produce angustia evidente. Produce una sensación de vacío, una vaga impresión de que la vida parece correcta desde fuera, pero se siente extrañamente apagada por dentro. La persona que lo vive a menudo tiene dificultades para articular qué es lo que le pasa, porque nada es obviamente malo. Están bien. Lo repiten constantemente, y casi se lo creen.
Las expectativas culturales en torno a la satisfacción son generalizadas y, en gran medida, tácitas. Se espera que las personas sean generalmente positivas, agradecidas por lo que tienen y que muestren estar bien cuando se les pregunta cómo se encuentran. Estas expectativas se aplican en el trabajo, en la familia, en las amistades y en las redes sociales. Con el tiempo, muchas personas desarrollan una actuación competente de satisfacción que requiere muy poco esfuerzo consciente: una presentación automática de estar bien que se activa en casi cualquier contexto social y que rara vez cuestionan porque funciona a la perfección.
El problema no radica en la falta de sinceridad. La mayoría de las personas que fingen satisfacción no engañan conscientemente a nadie. La actuación se convierte en un hábito genuino, y este hábito influye en la relación de quien la realiza con su propia experiencia emocional. La exhibición sustituye a la verificación. En lugar de sentir algo y luego decidir cómo expresarlo, la presentación se produce primero, como una especie de norma establecida, y el sentimiento en sí mismo nunca se consulta del todo.
Quienes afirman no recordar la última vez que se sintieron genuinamente felices suelen describir algo más preciso de lo que creen: no recuerdan la última vez que se permitieron sentir esa felicidad sin controlar simultáneamente su apariencia. Son experiencias distintas. En ese lapso entre ellas transcurre una cantidad significativa de tiempo cotidiano.
Con información de: La Vanguardia









