El fenómeno del marketing experiencial, esa necesidad que tienen las marcas de crear experiencias sensoriales, emocionales y memorables y no quedarse con solo mostrar anuncios o hablar de beneficios racionales del producto. Urge hacer sentir algo, es necesario hacer crecer la idea de que los consumidores no compran solo productos, sino emociones, recuerdos e identidad.
Y ahí está la clave detrás de fenómenos recientes como el regreso del universo de El Diablo se viste de Prada o el biopic de Michael, que realizaron sus estrenos en estas dos últimas semanas: convertir al espectador en parte del show incluso antes de sentarse en la butaca. Invitar al público a vestirse como los personajes para ir al cine, se trata de que cuando una persona se pone el outfit, deja de ser audiencia y se transforma en protagonista. Ya no va solo a ver una película, va a vivirla. Y en tiempos donde todo se comparte, eso vale oro.
La gente no compra solo una prenda rosa para ver Barbie; o se pone un guante blanco para sentir a Michael Jackson, por ejemplo, compra pertenecer al momento cultural del que todos hablan. No se viste elegante para El Diablo se viste de Prada únicamente por estética; lo hace para entrar al código social de la conversación. La genialidad de esta estrategia está en que convierte al consumidor en medio publicitario sin que lo sienta como publicidad.
Cada selfie en el cine, cada historia en Instagram, cada video en TikTok y cada grupo de amigos coordinando looks se transforma en una campaña orgánica con alcance millonario (además). Por otra parte, el estreno deja de ser una salida casual y se convierte en evento. Ir al cine vuelve a tener urgencia, ritual y plan social. Y cuando una película logra eso, gana algo más valioso que taquilla: relevancia cultural.
Con información de: Marketing Directo









