Tu casa es mucho más que las cuatro paredes entre las que te preparas la comida, ves la tele y duermes más o menos horas. Es un espacio que te acoge, te protege y te acaba transformando. Porque un hogar no es un simple telón de fondo en nuestra vida diaria. Su arquitectura es capaz de impactar en nuestro estado de ánimo, generando sensaciones muy distintas, que pueden ir desde la calma a la tensión.

Lejos de ser un paso más allá en el marketing inmobiliario, la ciencia ha demostrado que el entorno construido sus colores, su luz, formas, sonidos y texturas puede influir profundamente en nuestro bienestar emocional, mental y físico. Comprender cómo actúa esa arquitectura y diseñarla con intención permite crear entornos que nos cuiden y nos transformen.

Decorar una casa como si fuera a vivir Drácula puede ser letal para el equilibrio emocional. Y no es capricho de los interioristas. La ciencia lo corrobora. Por ejemplo, usar colores intensos exacerba el ëstrés y puede llegar a hacer que nuestros invitados más introvertidos se sientan cohibidos antes tanta profusión cromática. Además, el Instituto de Neurociencias de los Países Bajos ha demostrado que una mayor iluminación en centros geriátricos puede reducir el deterïoro cognitivo y funcional en personas mayores, así como prevenir la dêpresïón.

Y no es solo cuestión de luz. El Departamento de Psicología de la Universidad de Estocolmo comprobó que la exposición a sonidos naturales o al ruido ambiental favorece la recuperación del ëstrés. Por eso mismo, tener un jardín japonés o una pequeña fuente en la terraza actúa como un pequeño antídoto frente al frënesí diario.

«Hoy pasamos el 90% de nuestra vida en entornos artificiales. Pero nuestro sistema nervioso sigue siendo ancestral, y necesita seguridad, luz natural, ritmos biológicos y conexión», dice la arquitecta y especialista en neurociencia María Gil.

Con información de: El Tiempo

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