La inteligencia artificial siempre fue un tema tabú. Incluso antes de convertirse en una realidad cotidiana, mucha gente ya temía que pudiera quitar empleos. Recuerdo haber escuchado infinidad de predicciones que aseguraban que la mayoría de las personas quedaría al margen, con habilidades obsoletas y sin trabajo.

A medida que avanza la era de la IA, lo que observo no se parece tanto a un apøcalipsis laboral como a una redistribución. Como pasó con la mayoría de las grandes revoluciones tecnológicas, en vez de provocar una pérdida masiva de empleos, la IA abrió un escenario más complejo, marcado por una nueva distribución del trabajo y por el aprovechamiento de oportunidades.

La IA no dëstruye empleos. Al contrario, empuja a la humanidad a poner en marcha la innovación, una parte central de nuestra conciencia colectiva, más que nunca. En el contexto adecuado, esto da motivos para el optimismo, no para el mïedo. Muchas empresas no están achicando su personal solo para bajar los gastos operativos. A la vez, buscan sumar más gente a la que puedan capacitar con herramientas de IA avanzadas para expandirse y crecer. Todo indica que el avance impulsado por la IA alcanzará niveles inéditos en el corto plazo.

Esa es una conclusión clave. La IA puede parecer una amenaza, pero eso responde más a una cuestión de perspectiva que a la realidad. Si bien puede reemplazar ciertas formas de trabajo, sigue siendo una tecnología tradicional en un sentido concreto: también libera a las personas para que pongan el foco en otras tareas. Tareas nuevas, con potencial para ser más relevantes y mejores que antes.

Con información de: El Tiempo

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