Existe una creencia nostálgica que sugiere que los niños de los años 90 y principios de los 2000 eran más autónomos gracias a un método de crianza superior o una «fórmula correcta» de educación. Sin embargo, la psicología contemporánea ha desarmado esta idea, señalando que la clave no fue una mejor crianza, sino un contexto distinto que les otorgó más espacio para actuar por su cuenta, permitiéndoles desarrollar habilidades a través de la experiencia directa y no solo de la enseñanza teórica.
El entorno de esa época se caracterizó por una menor supervisión constante de los adultos. Al enfrentarse a situaciones cotidianas, problemas en juegos o frustraciones sin la intervención inmediata de alguien que mediara o ofreciera soluciones instantáneas, los niños se vieron obligados a negociar, adaptarse y resolver conflictos directamente, lo que fomentó la resiliencia emocional y la capacidad de gestionar sus propias emociones.
Este fenómeno se explica mediante enfoques como la Teoría de la Autodeterminación, que destaca cómo las capacidades se desarrollan cuando las personas pueden actuar por sí mismas y aprender del error. En aquel contexto, el aprendizaje ocurría a través del ensayo y error; equivocarse formaba parte esencial del proceso, lo que fortalecía la toma de decisiones, la creatividad sin depender de estímulos externos y la confianza personal al construir una sensación interna de eficacia.
En definitiva, los niños de los 90 no fueron más autónomos porque alguien los preparó mejor, sino porque tuvieron que serlo. La diferencia fundamental reside en que no aprendieron a enfrentar problemas porque se los explicaron, sino porque, en muchas ocasiones, no había nadie más para hacerlo por ellos. Esto subraya que la autonomía no se enseña solo con palabras, sino que se construye brindando espacio para actuar, equivocarse y resolver.
Con información de Clarín









