No hacen ruido, no piden permiso con la voz, pero te rodean con la precisión de quien ha mapeado cada grieta o desnivel del pavimento. Son los nuevos dueños de la vereda: pequeños vehículos autónomos que están reescribiendo la geografía urbana de la costa oeste de Estados Unidos.
Mientras en ciudades como Santiago el debate del delivery sigue atrapado entre las motos de combustión y la fricción de la economía colaborativa, en Los Ángeles la postal ya es otra. Las mochilas térmicas a la espalda de un conductor están siendo reemplazadas lentamente por flotas de rovers que parecen un cruce entre WALL-E y un cooler de camping.

Están equipados con la misma tecnología que un auto de conducción autónoma como Waymo, pero miniaturizada. Utilizan un sistema de sensores LiDAR giratorios en la parte superior, cámaras de 360 grados y un procesador capaz de decidir en milisegundos si ese niño en monopatín cruzará o no a la izquierda.
Su diseño es “casi adorable” a propósito -incluso tienen “ojos” digitales que parpadean para advertir hacia dónde girarán-, un truco psicológico de diseño industrial para generar empatía y evitar que los peatones los vândalicen. Estos robots atacan ese absurdo logístico. Son 100% eléctricos, descongestionan el tráfico vehicular y reducen las emisiones del delivery local.
Es decir, además de ser una solución novedosa, el objetivo principal de estas empresas es reducir el tráfico de automóviles en la ciudad y bajar las emisiones de carbono al usar vehículos 100% eléctricos para viajes cortos.

Con información de: La Vanguardia









