Esta percepción no depende únicamente de la subjetividad individual, sino de mecanismos neuroquímicos y cognitivos que regulan cómo se siente el paso del tiempo.

La percepción temporal del ser humano no sigue el ritmo lineal del reloj. El organismo dispone de un reloj biológico que calibra el tiempo según la interpretación del entorno. Michael Shadlen, neurocientífico del Centro Médico Irving de la Universidad de Columbia, explicó que el cerebro trabaja con “horizontes temporales”, es decir, anticipa la probabilidad de que ocurra algo en rangos que pueden ir desde el final de una sílaba hasta el desenlace de una historia.

Cuando una persona está profundamente concentrada, el cerebro anticipa tanto eventos inmediatos como futuros, lo que genera la sensación de que el tiempo pasa rápidamente. En cambio, durante el aburrimiento, la mente se limita a procesar horizontes breves y pierde el sentido de continuidad, lo que hace que el tiempo parezca lento. Shadlen afirmó que “el tiempo avanza en función de cómo anticipamos esos horizontes”.

En contextos extremos, como accidentes o emergências, muchas personas reportan la sensación de que el tiempo se desacelera. El cerebro almacena recuerdos más densos y detallados, lo que, al ser rememorado, da la impresión de que el momento duró más de lo que objetivamente fue.

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