En un quirófano de Manila, a mediados del siglo XX, un médico sin recursos aplicó agua de coco directamente en vena a un paciente deshidratado. Lo hizo tras quedarse sin solución salina. El cuerpo reaccionó bien. No era una práctica habitual, pero sirvió como precedente. Desde entonces, se ha hablado del agua de coco como algo más que una bebida tropical.
El apodo que le pusieron los filipinos, el árbol de la vida, no era casualidad. De la planta se aprovecha todo: la pulpa, la grasa, el aceite y el líquido. En la cultura malaya, de hecho, se le conoce como el árbol de los 100 usos. Y no es solo cuestión de tradiciones.
Químicamente, el agua de coco contiene una mezcla considerable de minerales: potasio, sodio, calcio, fósforo y magnesio, entre otros. Una composición que se asemeja al suero fisiológico y que ha despertado interés en contextos médicos por su capacidad para rehidratar de forma rápida y efectiva.
La comparación con las bebidas deportivas es inevitable, aunque las diferencias son claras. Cuando no está procesada ni lleva azúcar añadido, el agua de coco ofrece una opción sin edulcorantes artificiales y con un alto contenido en electrolitos. Alejandro Pérez, dietista, señaló que “el agua de coco tiene un papel antiinflamatorio y antienvejecimiento”.
De todos los minerales presentes, el potasio destaca por encima del resto. Tiene una concentración superior a la de un plátano y cumple funciones esenciales como la regulación de la actividad muscular y la presïón arterïal.
Con información de: La Vanguardia









