Antiguamente reservados principalmente a la clase alta, la perfumería corporal y otros hábitos de aseo se convirtieron en algo casi omnipresente en el mundo occidental moderno. Hoy en día, la industria de la higiene personal vale más de medio billón de dólares, y sigue creciendo.

Si bien un olor corporal inusualmente intenso o cambiante puede ser señal de problemas de salud, también es parte natural de la biología humana, según Johan Lundström, profesor de psicología y experto en quimiosensorialidad del Instituto Karolinska de Suecia. Los olores pueden variar en intensidad y naturaleza, dependiendo de diversos factores, como las condiciones ambientales, las bacterias que viven en la piel, así como la genética, la dieta y la salud, asegura.

Los expertos rastrean la evolución de los rituales de aseo personal modernos y lo que estas prácticas dicen de las personas. Los humanos experimentaron con fragancias durante milenios: desde los espesos ungüentos del antiguo Egipto hasta las costosas esencias del Imperio Romano. “En el pasado, la gente entendía que el aroma (como el perfume, el vinagre, el incienso, el humo) expulsaba olores peligrosos (como la peste, las sustancias en descomposición, el gas de los pantanos)”, afirma Kathleen Brown, historiadora de género y raza de la Universidad de Pensilvania, en Estados Unidos. Incluso cuando “las personas tomaban medidas para oler mejor”, añade, seguían “esperando que otros humanos olieran un poco”.

En el siglo XVII, se dedicaba mucho más esfuerzo y atención a la limpieza de la ropa que al cuerpo, según Brown. Un francés de clase alta podría haberse distinguido con camisas blancas de lino, que se lavaban y cambiaban con frecuencia. Pero, añade, se bañaba con poca frecuencia y no juzgaba a un trabajador de clase baja por estar sucio o mal oliente.

La percepción del olor cambió rápidamente. En los siglos XVIII y XIX, el baño se volvió más común, forjando una nueva asociación entre el olor corporal y aspectos negativos, como la pobreza y la enfërmêdad. “A medida que las personas con mayor nivel educativo de las clases altas comenzaron a lavarse, se dieron cuenta de que las clases trabajadoras y sus sirvientes olían mal”, dice Ashenburg. Un baño y un cuidado corporal más diligentes se convirtieron en una forma para la élite de reforzar su estatus. “Ahora nos parece muy extraño, pero pensar que los pobres olían mal era un prejuicio relativamente nuevo”, añade.

Si bien la repugnancia hacia el olor corporal es una respuesta natural, Lundström considera que la intolerancia severa es, en gran medida, producto del condicionamiento social moderno. “Una de las peores cosas que uno puede ser en sociedad es oler mal”, indica. “Existe un gran estigma en torno a ello”.

Con información de: LaSexta

¿Qué opinas de esto?