«Antes, el envejêcimiento se entendía solo como un proceso biológico asociado a la decadencia. Hoy sabemos que es un fenómeno integral, donde lo psicológico y lo social juegan un papel central”, indica Javier Garrido, psicólogo de la Fundación Aiglé especializado en vejez. Este viraje se apoya en evidencia empírica sólida: la Universidad de Stanford, bajo la dirección de la psicóloga Laura Carstensen, demuestra que las personas mayores priorizan vínculos significativos y actividades con sentido, lo que reduce el estrés y aumenta el bienestar. “El envejêcimiento positivo no niega las pérdidas, pero las integra en un marco de continuidad y propósito”, completa Garrido.
La ciencia acompaña este movimiento cultural. Investigaciones de la Universidad de Colorado muestran que la satisfacción vital se mantiene estable, e incluso crece, después de los 60 años, cuando se cultivan redes afectivas y una vida con propósito. En Japón, el Instituto de Gerontología de la Universidad de Tokio observa que quienes participan en programas comunitarios de envejecimiento activo reducen en un 30% los síntomas de dêpresïón y ansïedad.
El bienestar, parece, tiene menos que ver con el tiempo cronológico que con el sentido que se le da a cada día. Aceptar el paso del tiempo no es resignarse, es un acto de lucidez y autonomía. Cuando lo hacemos, se incrementa el bienestar emocional”. La aceptación, explica, libera del peso de la comparación constante. “No se trata de dejar de cuidarse, sino de hacerlo desde la conciencia, no desde el miedo. Aceptar no es rendirse, es reconocerse”, añade Silvia Álava Sordo, psicóloga española.
Tal vez por eso, la nueva cultura pro-age ya no habla de “ocultar” el paso del tiempo, sino de celebrarlo. Aceptar los límites del cuerpo no significa dejar de cuidarlo, sino hacerlo mejor.
Con información de: La Vanguardia









