La fatiga posterior al ejercicio es un fenómeno complejo que responde a una combinación de procesos musculares, nerviosos y metabólicos que se activan durante y después del entrenamiento.

Según la académica Athalie Redwood-Brown, de la Nottingham Trent University, este cansancio va más allá de un simple agotamiento pasajero y varía según la intensidad, duración y nivel de adaptación física. La especialista diferencia entre la «fatiga percibida» la sensación subjetiva de esfuerzo y la «fatigabilidad del rendimiento», que representa una pérdida medible de la capacidad física, dos planos que no siempre avanzan al mismo ritmo.

El origen de este agotamiento abarca múltiples factores fisiológicos que van desde la alteración de partículas con carga eléctrica (iones) en los músculos hasta la llamada «fatiga central», donde la capacidad del sistema nervioso para reclutar el tejido muscular se reduce de manera transitoria.

A esto se suma el desgaste de los depósitos de carbohidratos y la pérdida de líquidos y electrolitos por el sudor. Redwood-Brown aclara que esta condición no afecta solo a principiantes, pues incluso atletas experimentados pueden experimentarla ante estímulos nuevos, aunque el cuerpo tiende a generar adaptaciones progresivas mediante el denominado «efecto de repetición».

Para mitigar su impacto y optimizar la recuperación, se recomienda priorizar medidas fundamentales como una adecuada hidratación, el consumo oportuno de carbohidratos y proteínas, y un descanso nocturno reparador, complementado con prácticas como masajes o ejercicio de baja intensidad.

La prevención pasa por evitar incrementos bruscos en las cargas de entrenamiento, recordando que terminar exhausto no es sinónimo de una mejor rutina. No obstante, si el agotamiento resulta desproporcionado, no cede con el reposo o se acompaña de síntomas atípicos, los expertos sugieren acudir a una evaluación médica.

Foto cortesía Envato

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