Crecer en hogares donde las discusiones y los cambios imprevisibles de humor son habituales lleva a los niños a desarrollar una capacidad acelerada para percibir las emociones de quienes los rodean. Según análisis en el ámbito de la psicología, basta un leve cambio en el tono de voz o una expresión facial para que el menor detecte tensión. Sin embargo, los especialistas aclaran que esta hipervigilancia suele responder a un mecanismo de defensa para anticipar conflictos e intentar evitar situaciones incómodas, más que a un desarrollo pleno de la empatía o de la inteligencia emocional.
Especialistas destacan la diferencia entre las discusiones destructivas y los desacuerdos resueltos mediante el diálogo respetuoso y la cooperación. Presenciar conflictos gestionados sin gritos ni humillaciones favorece el aprendizaje emocional, permitiendo a los menores entender cómo escuchar, pedir perdón y alcanzar acuerdos. Por el contrario, cuando la atención hacia el entorno nace del temor a una reaccion negativa, los menores corren el riesgo de experimentar agotamiento, inseguridad y dificultades para manifestar sus propias necesidades en la etapa adulta.
Frente a esta realidad, expertos enfatizan que el objetivo en el entorno familiar no consiste en eliminar cualquier desacuerdo, sino en brindar a los niños un espacio seguro. De este modo, se busca que aprendan a reconocer los estados de ánimo ajenos sin sentir la carga de responsabilizarse por ellos.
Noticias 24 horas / Fabiana Almeida
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