En el medio de una oleada de productos virales que traspasaron de la esfera digital a la vida real, como los peluches Labubu, el chocolate Dubai, o desde 2023 las botellas de la marca Stanley, una tendencia emergente se destaca como la antítesis directa de este consumismo frenético.
Se trata del «des-influencing», una tendencia y hashtag que hoy cuenta con más un billón de reproducciones y 88 mil videos relacionados en TikTok. «Por favor, des-influencien mi lista de compras», es el pedido de cada vez más jóvenes allí y en Instagram, donde piden ayuda para dejar de comprar objetos que no necesitan, pero que sus influencers favoritos intentan venderles como esenciales o parte de un estilo de vida ideal.
Sin embargo, con una creciente apatía entre los millenials y la generación Z contra el 1% más rico del mundo, sumado a su preocupación por la contaminación y el calentamiento global, el «des-influencing» llegó para contrarrestar modelos de producción y venta que consideran cada vez más dañinos para su salud mental y bienestar.
Si bien las compras compulsivas y el furor por obtener el nuevo modelo de un bien son fenómenos más antiguos que las redes sociales, con el auge de estas y de las tiendas online, a los «des-influencers» les preocupa que el hiperconsumo se intensifique y tenga graves consecuencias sobre la salud mental y el bolsillo de la gente.
En su libro «Consumido: La necesidad de un cambio colectivo», la activista y consultora de sostenibilidad Aja Barber resume esta problemática: «Vivimos en un mundo de cosas. Desechamos la mayoría de ellas tan solo seis meses después de obtenerlas. Las consecuencias de nuestro afán por consumir están creando una crïsis ambiental».
Con información de: La Vanguardia









