En un comienzo fueron prendedores (pins) que iba sumando y lucía en mi mochila viajera, de tela. Creo recordar un tucán colorido de las Cataratas, el perfil del Coliseo romano, Mickey, el nombre de algún destino como Cancún o Las Leñas, una guitarra de Hard Rock y la ópera de Sídney. De aquella época eran también las postales, las que mandaba estando de viaje y las que me compraba. Estoy hablando de tiempos en los que era importante gestionar sabiamente los rollos de fotos y no existía buscar «Madrid» en Google y tener, al instante, miles de fotos en la pantalla.
Otros harán de la puerta de la nevera un santuario turístico: compran imanes en sus viajes y, si pasan a la categoría «coleccionistas», seguramente pedirán a otros que los ayuden a engrosar su preciado tesoro. Todos estos objetos agitan la memoria, nos cuentan una historia, nos revelan una anécdota, un momento, un paisaje; son hilos conductores de nuestros recuerdos.
Son un talismán contra el olvido, un ancla de la memoria, un fragmento de aquella geografía que transitamos y cualquier otra metáfora que se les ocurra para entender esta conexión emocional. El turismo moviliza millones de viajeros, y está claro que la industria del souvenir es formidable. Según un informe de Business Research Insights, especializada en análisis de mercado, el sector del souvenir y de los regalos vive tiempos de crecimiento sostenido a escala global y alcanzará los 125 mil millones de dólares en 2026.
Los recuerdos de viaje solo son una parte: «Las compras relacionadas con el turismo representan el 40% de la demânda total de souvenirs a nivel mundial. Los viajeros gastan un promedio de entre 10 y 30 dólares por destino en souvenirs, y suelen comprar de 2 a 4 artículos por viaje», especifica el informe. Elijas lo que elijas, al final del viaje, el mejor souvenir siempre será la experiencia: un momento único, una buena charla con alguien del lugar o las sensaciones de un instante que no volverá a repetirse.
Con información de: Clarín









