Cuando un niño de 3 o 4 años inventa que tiene un perro o asegura que no ha comido chocolate cuando lo has visto hacerlo, no significa que sea un mentiroso. En realidad, se trata de una fase clave en su desarrollo cerebral: está aprendiendo a distinguir entre realidad y fantasía, a usar la imaginación, y a comprender que los demás tienen pensamientos distintos a los suyos.
Así, los expertos aseguran que estas primeras «mentiras» son un signo positivo de maduración, siempre que los padres sepan cómo reaccionar y convertirlas en una oportunidad educativa. Los niñøs mienten para evitar consecuencias. Presienten que decir la verdad podría ser ‘peor’ y, por eso, inventan algo.
De hecho, el catedrático de Psicobiología en la Universidad de Murcia, José María Martínez Selva, sostiene que los niñøs «mienten mucho» entre los 5 y los 8 años, pero en cuanto los demás las detectan llevan más cuidado al hacerlo, y luego al tener más habilidades encuentran más maneras de conseguir cosas que no sea a través del engaño. «Es cierto que la mentira revela hasta cierto punto en qué punto de desarrollo está el menor», afirma.
La reacción cuando un niñø miente puede variar: evitar preguntas que puedan inducir a la mentira. Por ejemplo, si has visto que tu hijo ha comido chocolate sin permiso, no preguntes de manera acusatoria: ‘¿Has comido chocolate?’. Esto sólo puede llevarlo a mentir de nuevo. Mejor decir algo como: ‘Veo que te has comido chocolate. No pasa nada, mañana me pides y mamá te dará chocolate cuando corresponda’. Así se transmite que decir la verdad no tiene consecuencias negativas.
Si tu hijo miente y luego confiesa, agradéceselo. Esto refuerza que la honestidad es positiva y disminuye el miedo a confesar errores. No poner el foco en la mentira.
Con información de: La Razón









