Los usamos para suavizar una negativa, para evitar parecer secos o simplemente para asegurarnos de que el otro entiende el tono de lo que queremos decir. Los emojis son, para muchas personas, una ampliación del vocabulario e incluso una forma más de comunicación. La psicóloga integrativa Elena Daprá analiza qué revela este hábito sobre nuestra forma de relacionarnos, nuestra necesidad de aprobación y nuestra capacidad para comunicarnos con asertividad.

«Vale». Y punto. Aunque pueda funcionar como una frase completa; para muchas personas genera dudas. «¿Sonará seco? ¿Parecerá que estoy enfadado? ¿Podría interpretarse como una respuesta cortante?» Para evitarlo, millones de personas añaden un emoji al final de sus mensajes de forma casi automatizada. Lo que nació como un recurso para darle una mayor expresividad a la comunicación digital se ha convertido en una estrategia o recurso psicológico para gestionar sentimientos.

Según explica la psicóloga integrativa Elena Daprá: «Los emojis han surgido como una forma de compensar algo que la comunicación escrita ha perdido: el tono emocional. Cuando hablamos cara a cara contamos con la voz, la mirada, los gestos o la sonrisa para transmitir intención. En un mensaje escrito todo eso desaparece». La experta asegura además que vivimos en una sociedad muy sensible a la interpretación que hacen los demás de nuestras palabras. «Muchas personas no temen tanto ser maleducadas como ser interpretadas de forma negativa.

Por eso un simple ‘vale’ puede parecer frío, mientras que un ‘vale + carita sonriente’ transmite cercanía y reduce la posibilidad de conflicto o malentendido». No son simples adornos, los emojis son una especie de traducción emocional de lo que queremos comunicar. «No sustituyen completamente la comunicación presencial, pero sí aportan información sobre el estado emocional, la intención o el contexto de un mensaje», cuenta Elena Daprá. «Un mismo texto puede interpretarse de formas muy distintas según el emoji que lo acompañe».

El problema aparece cuando el emoji pasa de ser una herramienta de comunicación a convertirse en una estrategia de protección emocional. «No todos los usuarios de emojis buscan aprobación, pero cuando una persona siente que debe suavizar absolutamente todo lo que dice, puede haber detrás un tëmor al rechâzo, al conflïcto o a decepcionar a los demás», afirma la experta. En estos casos, la persona siente que tiene que asegurarse continuamente de que será percibida como amable, cercana o agradable. «Los emojis pueden convertirse en una herramienta para gestionar la ansïedad social más que para comunicar una emoción real».

Con información de: TN

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